El tenis o en general los deportes de raqueta son muy populares en los Estados Unidos, parece que en la actualidad es cuando vivimos su mejor momento, pero basta con retroceder algunas décadas, para encontrar algunas historias maravillosas del deporte blanco. Una mujer que dejó un legado en Norteamérica es Althea Gibson, simplemente la primera mujer que rompió las barreras raciales y conquistó el corazón de muchos con su increíble juego.

Mientras sus padres Daniel y Annie Bell Gibson trabajaban en un finca algodonera, Althea pasaba horas entrenando padel de una forma poco ortodoxa antes las precariedades de la familia, con el tiempo se adaptó al tenis y consiguió ser campeona de Nueva York a los 12 años de edad.

La historia cuenta que ante el gran talento de Althea, el barrio donde vivía decidió hacer una colecta para que la menor pudiese asistir a una academia de tenis. En 1941 lo lograron, tres años después, en 1944 y después en 1945 ganó los campeonatos nacionales de su categoría y en 1947 ganó el campeonato americano absoluto. Su crecimiento fue rápido, a tal grado que muchas personas se comenzaron a fijar en ella.

El paso más grande que dio dentro de su carrera profesional dentro del tenis, fue cuando Walter Johnson se fijó en ella, logró federarla e inscribir en Florida Agricultural and Mechanical University. Su talento era nato, en ese momento no había mujer que jugara mejor que ella, simplemente era la próxima gran estrella de su país, pero había un problema: su tono de piel.

Soportó los insultos racistas y hasta 1950 se convirtió en la primera afroamericana (de cualquier sexo) que recibió una invitación para jugar el US Open, gracias, entre otras cosas, a una campaña promovida por la American Tennis Association. Aunque cayó en la segunda ronda, su nivel atrajo a medios de comunicación, preguntaban su nombre y se interesaron en ella.

Esto la llevó a dar una gira por Asia, en 1956 Althea Gibson rompió otra barrera, convirtiéndose en la primera jugadora de color en ganar un título de Grand Slam. Fue en París, y fue Roland Garros. Pero ahí no quedó todo, la gran noticia la dio un año después, cuando Gibson se convirtió en la primera jugadora negra en ganar Wimbledon, y en la primera que recibía el trofeo de manos de la reina Isabel II. Fue homenajeada y condecorada por la ciudad de Nueva York, un presagio, porque en esa ciudad, unos meses después, ganaría su primer US Open.

Se convirtió en la número uno del mundo, todos los medios de comunicación hablaban de ella, era sorprendente. Para que una mujer de color volviera a conseguir Wimbledon tuvieron que pasar 43 años. Aunque en ese entonces no se ganaba mucho dinero en el tenis, por ello combinaba sus actividades con la música, cantaba y tocaba el saxofón. Finalmente se hizo comentarista deportiva.

Tiempo después dejó el tenis y se dedicó al golf, aunque su color de piel le trajo problemas. Fue excluida de torneos y tenía que esconderse por miedo a los insultos. Su vida la terminó de forma trágica, se dedicó a ser entrenadora de tenis, en ese momento su salud se deterioró sufrió hemorragias cerebrales y un infarto. Finalmente falleció en 2004 a causa de una infección respiratoria y otra en la vejiga.

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