Kyrgios_rebelde_con_causa

Otra de las atracciones del Abierto Mexicano Telcel presentado por HSBC será la presencia de Nick Kyrgios. Y es que el díscolo australiano (nacido en Canberra), como todo deportista de alto rendimiento, tiene aspectos biográficos que repasar.

Lo evidente: usa un peinado con una greca del lado derecho y porta aretes, cadenas y pulseras. Los accesorios de su vestimenta son de estilo tribal y la razón es por la parte malaya de su orígenes (su madre nació en Malasia; su padre, en Grecia). En cada encuentro utiliza un collar con una cruz y un amuleto de la suerte que le regaló su mamá.  Y que a veces escucha música durante los cambios de lado.

Pero, lo que no puede disimular es que de niño quería dedicarse a cualquier deporte que no fuese el tenis, deporte que conoció por ser el ball boys de su hermano Christos, que ahora es abogado.

Hasta los catorce, aprovechando su gran altura, alternó básquet y tenis. Pero, por la presión ejercida por sus padres, tuvo que “elegir” este último. Es por eso que admite que el deporte de la raqueta no lo apasiona y lo que ama es jugar con la pelota naranja. Su sufrimiento es tal que, cada vez que finaliza un entrenamiento, se replantea por qué lo juega.

Cualquier mortal hubiera abandonado ya sea por hastío o, simplemente, porque los demás son mejores.  Pero no tuvo esa suerte. Porque, a los dieciocho, termina el año como número uno en juveniles. Al año siguiente da su primer golpe mundial: elimina a Rafa de Wimbledon cuando lideraba el ranking mundial, siendo  el primer jugador fuera del top 100 en vencer a un número uno en más de dos décadas. Y la fama y el talento se expandió de manera estratosférica.

Su primera “extravagancia” fue en 2015 contra Gasquet. En un momento del partido, Nick ejecuta una devolución a la red. El acto fue tan explícito que el público francés no dudo en abuchearlo. Al saque siguiente, se movió al lado contrario al que iba la pelota y concedió un ace. Luego declararía que su único objetivo era terminar el partido cuanto antes.

Tras este partido el revuelo fue contundente. La prensa lanzó un sinnúmero de titulares en donde expresaban cualquier tipo de hipótesis: “displicente”, “perezoso”, “chico rebelde”, “jugador sin corazón”, etc.

Después de repetir estos hechos, el anteaño aceptó las condiciones de la ATP que incluía asistir al psicólogo deportivo y pedido disculpas públicas.

Y empezó a sobreponerse. Porque a las pocas semanas llegó a la final del Master 1.000 de Cincinnati, que perdería con Dimitrov. A pesar de la derrota, la joven promesa recibió ovaciones y halagos por su gran partido.

Hace un par de temporadas donó diez dólares por cada ace que hiciera para los afectados por el huracán Irma. Y también creó la NK Foundation, en donde construyó instalaciones deportivas para jóvenes en riesgo de exclusión y sin recursos. Y le encontró un motivo existencialista a un deporte individual: “ahora juego por ellos. Me encantan los niños. De hecho disfruto más ayudándoles y viéndoles cumplir sus sueños que lo que hago en la pista”, declaró a los medios.

Así es Kyrgios: desfachatado como Noah e impredecible como el checo Mecir. El trata de humanizar un deporte ultra competitivo. Se muestra tal cual es. Su karma es tener talento en un deporte que no es su preferido. Con cadencia de atleta y look de cantante de rap. Pero lo que siempre, siempre, se encargará de brindar es espectáculo. ¿Te lo vas a perder?

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