25 Febrero - 2 Marzo 2019

Ya había dado los primeros avisos, pero fue en la primavera de 2005 cuando Rafael Nadal dejó en claro que estaba destinado a escribir con letras doradas su nombre en la historia del tenis.

Con 18 años, un físico portentoso y un espíritu inquebrantable, el joven español se instaló por primera vez en la final del Masters de Montecarlo. Previo a su primera gran cita con la historia, Nadal se había convertido en el jugador más joven en lograr una victoria en Copa Davis, superando a Andy Roddick en cuatro sets durante el segundo duelo de la final de 2004. A la postre, España derrotó 3-2 a Estados Unidos para llevarse a casa La Ensaladera.

Tras la conquista de Sao Paulo, Nadal se presentó en Acapulco venciendo a sus compatriotas Alex Calatrava y Santiago Ventura, para después doblegar con autoridad a los argentinos Guillermo Cañas y Mariano Puerta. En la final, nuevamente ante otro compatriota, Albert Montañés, Rafa Nadal completó la obra y conquistó el Abierto Mexicano de Tenis, su primer gran título y el tercero de su naciente palmarés.

Semanas después, en Miami, Nadal llevó al entonces imbatible Roger Federer al quinto set y demostró que su actitud, entrega y juego lo convertirían con el tiempo en el antagonista por excelencia del suizo. “Veremos mucho más de él en el futuro”, afirmó Federer, quien había ganado entonces tres de los últimos cuatro títulos de Grand Slam. “Fue un partido muy importante para mí porque sé que Rafa será un gran tenista algún día”.

Ese “algún día” llegó mucho antes de lo esperado, pues Nadal derrotó a tenistas de mayor experiencia en Montecarlo ese año, incluyendo a Guillermo Coria en cuatro sets durante la final. “Sí, es un título en un gran torneo. El primero, ¿verdad?”, dijo Nadal. “Todos recordarán este título y todo lo que ha ocurrido, pero mi objetivo es mejorar mi tenis y mejorar mis tiros. Necesito mejorar mi servicio, volea y slice. Y si lo hago, creo que podré ganar muchos partidos, ¿no?”.

De hecho, sí. Conforme transcurrieron las semanas, Nadal conquistó Barcelona, Madrid, Roma y -debutando en el cuadro principal- Roland Garros, su primer Grand Slam.

En aquella gloriosa temporada, Nadal eventualmente ganaría un total de 11 títulos, estableciendo dos récords a la vez: su mejor cosecha personal en un año y la mejor campaña de cualquier adolescente, batiendo los nueve títulos de Mats Wilander en 1983. Se convirtió también en el primer adolescente en terminar como No. 2 en el ranking mundial desde Boris Becker en 1986, además de lograr la mejor posición para un tenista español en toda la historia.

Trece años después, el guión ha sufrido pocos cambios. El esplendoroso Montecarlo marcó, nuevamente, el inicio de algo especial para Nadal. Si en 2017 sus conquistas en la capital monegasca, Barcelona y Roland Garros representaron la decena en cada evento (hecho sin precedentes), las conquistas en 2018 tuvieron un significado aún más especial.

Tras un inicio marcado por las lesiones que lo privaron de participar en Acapulco, Indian Wells y Miami, Nadal se trazó como objetivo regresar a las canchas durante la temporada de arcilla. Sin muchas expectativas más que las de regresar a su ritmo de juego, Nadal volvió a brillar como nadie sobre las canchas de tierra. Comenzó conquistando el onceavo título en Montecarlo, siguió con el onceavo en Barcelona, el octavo en Roma y como cereza del pastel, logró el onceavo en Roland Garros.

La final del Abierto de Francia 2018 realmente no nos dijo nada nuevo acerca de Nadal, simplemente mejoró su reputación como el mejor jugador que ha jugado sobre la arcilla en toda la historia. 11 títulos en los últimos 14 años. Irreal desde todos los ángulos donde se observe.

No obstante, algo extraordinario ocurrió durante aquellos días en París.

A medida que los campeones dominantes envejecen, existe cierto fervor nostálgico que acompaña a cada una de sus victorias. Al mismo tiempo, hay un clamor por un rival digno, un ganador sorpresa que puede comenzar a escribir su propia historia de éxito, un usurpador que acabará con la tiranía. Hubo algunas lesiones, algunas derrotas molestas, y lentamente se construyó una narrativa de que Nadal estaba a punto de ser derribado.

De alguna manera, el oponente de Nadal en la final de París, Dominic Thiem, dio una muestra más de que puede ser un digno heredero. Thiem es un especialista en canchas de arcilla que ha llegado a las semifinales en París en los últimos dos años y a la final en este 2018; es alguien que sabe lo que es derrotar a Nadal en arcilla en tres ocasiones, aunque nunca en un partido de cinco sets. La final de Roland Garros bien pudo haber servido para pasar la corona. Pero Nadal, a los 32 años, continúa en plenitud de fuerzas y sólo él decidirá cuándo dará oportunidad a alguien más de triunfar en su reino.

Nadal irrumpió en la escena en 2005 como el nuevo supervillano del tenis para contrarrestar al superhéroe Roger Federer. 14 años han pasado y desde entonces ninguno de los dos ha cedido. Y si Federer alcanzó 20 títulos de Grand Slam, Nadal respira muy cerca de él con 17. En el proceso de verse envuelto en la mayor y más larga rivalidad del tenis, el villano se ha convertido en un héroe por derecho propio.

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