Cuando le cedieron la palabra en la premiación y tras recibir su trofeo de manos del checo Ivan Lendl, Emilio Nava soltó una gran sonrisa y comenzó su discurso con un simple “¡Guau!”.
De no ser porque en la pantalla aún estaba proyectado el marcador de la final de la categoría juvenil en el Australian Open, uno hubiera asegurado que Nava acababa de ganar el título.

No obstante, y a pesar de la derrota ante el italiano Lorenzo Musetti (4-6, 6-3, 7-6[12]), el estadounidense de raíces mexicanas se encontraba feliz por lo que acaba de ocurrir.

Un día antes, Nava perdió también la final de dobles, pero eso tampoco disminuyó su buen ánimo. “Significa el mundo entero venir a este estadio, Rod Laver, y jugar. Muchas gracias”, declaró. “Espero poder regresar y volverlos a ver. ¡Gracias!”.

Para comprender el porqué de su buen humor ante la derrota, hay que conocer su origen, mismo que comenzó en México. Su abuelo, Ernesto Escobedo, se enamoró del tenis luego de asistir a un partido de la Copa Davis en Los Ángeles. Después de mudar a toda su familia a Jerez, Zacatecas, don Ernesto construyó una cancha de tenis, o al menos un intento de cancha en el patio de su casa.

Xóchitl Nava, madre de Emilio, reconoce que la cancha construida por su padre tenía sus propias limitaciones, pero a la vez ofrecía muchas oportunidades.

“Estaba tan ajustada, que en un lado de la cancha no podíamos pegar la derecha o el revés. Era una cancha de tenis, pero para muchos era un área de juegos donde podías pegarle a las pelotas de tenis sólo por diversión”, declaró Xóchitl al periodista Ben Rothenberg, del New York Times.

Enamorado por completo del deporte blanco, don Ernesto Escobedo transmitió su pasión a sus 10 hijos. “Conforme fuimos creciendo, cada uno tomó diferentes caminos, pero siempre jugamos tenis”, confiesa Xóchitl Nava.

Gracias a su formación iniciada en la cancha construida por su padre, Xóchitl Escobedo llegó a ser la mejor raqueta nacional femenil, No. 284 en el ranking mundial y representó a México en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Su esposo, Eduardo Nava, fue también un atleta de pista y compitió también en los olímpicos de 1988 y Barcelona 1992.

Dicha experiencia, evidentemente, ha sido ya superada por lo que la nueva generación de la familia Escobedo ha logrado: Ernesto Escobedo, sobrino de Xóchitl, alcanzó el No. 68 en 2017; Eduardo, su hijo mayor, juega en Wake Forest y es campeón nacional en Estados Unidos; Diego, su segundo hijo, juega en Los Ángeles, y Emilio, el menor, ha disputado dos finales de Grand Slam en categoría juvenil.

Emilio Nava dio su primer gran paso en el tenis juvenil de élite llegar a la final del prestigioso torneo Eddie Herr en 2018. “Es todo, en serio, el tenis es todo”, dice Emilio, de 17 años. “Especialmente cuando entrenas todos los días, el tenis se convierte en un estilo de vida, ¿sabes? Cada vez que lo piensas se convierte en algo: intentas relajarte un poco, pero sigue ahí. Pero es divertido”.

Con su familia y hogar en California, Emilio divide su tiempo entre Estados Unidos y Alicante, España, donde se entrena en la Academia de Deportes Ecuestres Juan Carlos Ferrero. Cuando está en su casa en Woodland Hills, California, entrena al otro lado de la calle en el patio trasero de la casa de su primo Jaime.

“Cuando estoy en Alicante, Ferrero me da algunos consejos. Aún no he podido entrenar directamente con él, pero sus palabras me han orientado mucho”, afirma el juvenil.

Para encontrar el espíritu competitivo que sus padres y hermanos mayores le implantaron, Emilio no tiene que ir muy lejos. “Crecí en una familia competitiva y atlética”, admite. “Mis dos hermanos crecieron jugando al tenis, siendo los más jóvenes los admiraba. Quería ser como ellos y quería que me prestaran atención. Me encanta el tenis y la adrenalina y los desafíos que vienen con él”.

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