Puede que no sea el más ganador o el más querido de su generación, pero nadie puede negar que es de los más respetados. No es ninguna ofensa ni falta de respeto, pero considerando los nombres con los que tuvo que compartir escenario, incluyendo a tres de los más grandes de la historia, lo hecho por David Ferrer merece un reconocimiento único. Se ha ganado el respeto, tanto de colegas y aficionados, gracias al arduo trabajo y al lema que lo ha acompañado a lo largo de toda su carrera: “Nunca rendirse”.

Con sus virtudes, Ferrer logró ser finalista de Roland Garros en 2013. Ganó 27 títulos y con ello se convirtió en el quinto jugador en activo con más trofeos en el palmarés. En el desglose de sus logros, el de Jávea conquistó cuatro veces el título de Auckland (máximo ganador junto a Roy Emerson), tres veces Buenos Aires (segundo lugar junto a Carlos Moyá y detrás de los 8 de Guillermo Vilas) y, por supuesto, cuatro veces en Acapulco (máximo ganador junto a Thomas Muster).

Aunado a sus múltiples títulos en América Latina y Nueva Zelanda, se encuentra el Masters de París-Bercy en 2012, el cual tendrá por siempre un significado muy especial en las memorias de Ferrer ya que, en su momento, representó a la perfección el significado de “Nunca rendirse”.

Previo a ese emotivo triunfo en París-Bercy ante el polaco Jarzy Jonowicz, Ferrer había caído en las finales de Roma (2010), Montecarlo y Shanghái (2011), y Miami (2012). En el patrón de esas derrotas, figura un nombre con el que Ferrer ha tenido que convivir y, sobre todo, competir: Rafael Nadal.

Con un total de 31 enfrentamientos entre sí desde su primera cita en Stuttgart 2004, Ferrer y Nadal ocupan el décimo puesto entre la lista de mayores rivalidades de la Era Abierta. Y aunque la balanza está inclinada a favor del de Mallorca (25-6), Ferrer puede presumir que, de sus victorias sobre Nadal, dos ocurrieron en arcilla (Stuttgart 2004 y Montecarlo 2014). “Nunca rendirse” también funcionó para incluir el nombre de Ferrer en la selecta lista de los 22 jugadores que han vencido al “Rey de la Arcilla” en la superficie que domina.

No obstante, el mayor triunfo de Ferrer sobre Nadal ocurrió lejos de una cancha de arcilla. Específicamente en los octavos del US Open 2007. Rafa, de 21 años, era ya una figura agigantada ante sus rivales, pero eso no importó a Ferrer, quien a pesar de perder el primer parcial (6-7[3]), buscó batalla. Dando la impresión de que tomaba cada punto como personal, equilibró la situación a base de coraje y fue ganando el segundo (6-4), el tercero (7-6[4]) y cerró el cuarto por 6-2.

Aunque de por medio estaba sólo el pase a cuartos en Flushing Meadows, para Ferrer ese triunfo fue un premio al éxito, un reconocimiento al esfuerzo y especialmente para él, una demostración de que David, con base a entrega infinita y esfuerzos sobrehumanos, podía tumbar a un Goliath como Nadal.

La inexorable caída

Pero de aquel triunfo ante Nadal o sus múltiples conquistas en Acapulco y otras ciudades, ha ocurrido lo inevitable: el doloroso paso del tiempo. Aunado a su desaceleración en resultados, el cuerpo comenzó a fallar con demasiada frecuencia. El David que antes podía recorrer kilómetros sobre la cancha ya no era el mismo. Sus tiros y piernas, otrora incansables, perdieron fuerza. “Tengo los tendones de Aquiles que me levanto y no puedo ni bajar una escalera”, declaró en julio de 2018, dando un primer aviso de que el final estaba cerca y de que el US Open sería su último Grand Slam.

Y tan caprichoso es el destino que, ante el aviso de que Nueva York sería el escenario de despedida de los Grand Slams del mejor jugador del mundo que nunca pudo ganar un grande, la suerte hizo de las suyas: Ferrer enfrentaría en primera ronda a Nadal, número uno mundial y campeón defensor del torneo.

La noche del 27 de agosto, un pletórico Estadio Arthur Ashe atestiguó la demostración más grande de coraje, orgullo, amistad y admiración mutua entre dos titanes. Nadal, sin mayores problemas, se hizo de la primera manga (6-3). Ferrer, visiblemente molesto por la nula respuesta de su cuerpo, dio la impresión de que difícilmente podría terminar el partido. Los 24 mil espectadores en el escenario más grande del tenis, así como el resto del mundo, creyeron que el segundo set no ocurriría. Pero, haciendo un último esfuerzo, Ferrer se colocó en la línea de base y Nadal hizo lo propio.

El juego continuó y ante sorpresa de muchos, el alicantino quebró al balear. 4-2 en el luminoso. Nadal mantuvo su saque y colocó el 4-3. Al final, el dolor llegó a ser insoportable y obligó a Ferrer a renunciar por primera vez en un partido de Grand Slam. En la red, David y Rafael se fundieron en un abrazo muy respetuoso, mismo que fue vitoreado por los asistentes y por el resto del mundo. “Lo siento mucho por él, es una persona fantástica. Hemos vivido muy buenos momentos juntos… Lo que ha conseguido David tiene mucho mérito. Hay jugadores que han ganado un Grand Slam y son peores que él”, dijo Nadal al término del encuentro mientras Ferrer caminaba hacia los vestidores.

Un modelo a seguir sin igual

A partir de hoy y a espera de los resultados que obtenga en sus últimos encuentros, David Ferrer puede mirar hacia atrás y analizar su carrera con verdadero orgullo. Particularmente por su legendaria ética de trabajo. La desarrolló porque nunca pareció satisfecho con la definición de los límites de su talento. El alcance de ese talento a veces ha sido subestimado y los logros de Ferrer en la cancha de tenis no fueron únicamente el resultado de sus valores. Tenía una excelente derecha que, aunque no estaba entre las mejores, era ciertamente mejor que la mayoría.

Su revés también era sólido y regresó mejor que casi nadie en el tour que no se llamara Djokovic o Murray. De hecho, antes de su ascenso, muchos hablaban de él como la mejor devolución del tenis. Uno sospecha que, incluso sin su legendaria voluntad de trabajar duro, habría tenido una buena carrera. Tan buena que en algún momento fue considerado el mejor tenista del mundo… “porque los otros cuatro son extraterrestres”.

Mientras que Ferrer carecía de su poder absoluto y habilidad en la cancha, también carecía de las debilidades e incoherencias mentales que afectaban a ambos juegos, y es lo que le ha ayudado a obtener 53 victorias ante jugadores del Top 10. También es lo que lo convierte en un gran modelo para la próxima generación de jugadores. Los numerosos éxitos profesionales de Ferrer se han obtenido de la manera más difícil y muestran cuánto pueden lograr los jugadores que no tienen las grandes armas de la élite tradicional del juego.

También combinó su arduo trabajo con la deportividad y una humildad que no siempre está presente en los mejores deportistas del mundo. Y eso es algo que el público le ha reconocido a lo largo de sus 18 años de carrera. Porque si éste es el final para Ferrer, los aficionados seguirán mostrándole su apoyo incondicional y la historia le dará el lugar que dignamente merece. Porque si alguien se lo merece más que nadie, ese hombre se llama David Ferrer.

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