Han pasado casi 11 años desde aquella legendaria final de 2008 en Wimbledon y muchas personas aún se preguntan lo mismo: ¿qué fue lo que le dijo el famoso tío Toni a su sobrino Rafael previo al inicio del quinto set?

“Lucha hasta el final y aguanta”, recuerda Toni.

Dicha palabra, “aguanta”, fue la clave para que Rafa triunfara en el considerado mejor partido de este siglo. De acuerdo a Toni, todo se reduce a una simple decisión: “Aguantar o darse por vencido”.

Toni Nadal nunca permitió que esa decisión fuera algo fácil para su sobrino. Le exigía más a él que a cualquiera de sus otros estudiantes, lo hacía recoger las pelotas y barrer las canchas, pero más importante, nunca le permitió perder el piso por haber conseguido un triunfo. Aguantar fue lo que hizo el joven Rafa ante las lecciones de su tío, y así ha continuado a lo largo de su carrera. Nadal agregó, por su propia cuenta, la palabra más exigente del deporte: sufrimiento. Jugar tenis nunca fue una diversión, y aunque otros lo interpretarían como un castigo, Rafa Nadal lo asumió como un reto que había que resolver.

Cuando Rafa comenzó a jugar en los torneos profesionales a muy temprana edad, tenía en sus manos lo que él mismo recuerda como el “peor servicio de todos”. Su revés, por decirlo de alguna forma, no era algo digno de presumir. Pero tenía un drive extremadamente poderoso en su brazo izquierdo y, más importante, una fuerte convicción por ganar. Nadal jugaba por alcanzar más y más, sin importar quién estuviera del otro lado de la cancha o que miles de espectadores abarrotaran los estadios para conocer al prodigio de Mallorca.

Ese “sin importar quién estuviera del lado” incluía al jugador más dominante del momento, Roger Federer. En la primavera de 2004, Nadal se dio a conocer ante el mundo. El español, luciendo playera sin mangas y shorts de pescador, sorprendió al suizo al vencerlo 6-3 y 6-3 en la segunda ronda de Miami. ¿Quién era ese niño de 17 años que saltaba y levantaba el puño cada que ganaba un punto que había derrotado al invencible Federer? Su nombre era Rafael Nadal Pereira, y no sólo había vencido a Federer, sino que dio el primer aviso de lo que ocurriría en los siguientes años en su particular rivalidad: 23 triunfos para Nadal, 15 para Federer.

En el verano de 2005, Nadal derrotó a Federer en las semifinales de Roland Garros, y dos días después, en su cumpleaños 19, ganó su primer título sobre la arcilla de París. Pocos lo sabían, pero la historia del tenis acababa de ser reescrita, pues el inicio de una longeva y productiva relación entre un jugador y un torneo, en este caso el segundo Grand Slam de la temporada, había comenzado. 13 años después de esa primera Copa de los Mosqueteros, Nadal ostenta 11 títulos de Roland Garros y una impresionante marca de 86-2 en París, la mayor cifra de cualquier jugador en un Grand Slam en la Era Abierta.

Aunque el argentino Guillermo Vilas ostentaba los récords y el mote, no había duda alguna de que Nadal, aún en los inicios de su carrera, pronto sería conocido como el “Rey de la Arcilla”. No sólo por lo títulos sobre dicha superficie, sino por el físico, la forma artística y las cualidades que le había impuesto a la pelota. Colocando su derecha en los rincones imposibles, aproximándose a la red como nunca nadie, mejorando su servicio y contestando cada pelota con fuerza y confianza, Nadal registra 429 victorias en tierra y apenas 39 derrotas, cifras equivalentes a 58 títulos y una portentosa racha de 81 triunfos seguidos entre 2005 y 2007.

Pero, por increíble que parezca a estas alturas, la arcilla no era su prioridad. Aprovechó su dominio para construir su confianza sobre otras superficies. A diferencia de la tradicionales arcillistas españoles, la meta principal de Nadal siempre fue Wimbledon. Con la tierra a sus pies, lentamente se aventuró a conquistar otros terrenos… Y lo hizo. Dos veces en Wimbledon, tres en US Open, una en Australia. Igualando a Rod Laver, Andre Agassi y Federer, Nadal se convirtió en 2010 en apenas el cuarto jugador que completa el Grand Slam, pero al mismo tiempo, se unió a Agassi como los únicos tenistas en tener el Golden Grand Slam (Australia, Roland Garros, Wimbledon, US Open y medalla de oro olímpica). A estos impresionantes logros, hay que agregar 33 títulos Masters 1000 y 196 semanas como número 1 del mundo.

Esa última estadística podría confirmar que la carrera de Rafael Nadal ha transcurrido de buena forma. Que a pesar de sufrir incontables lesiones graves y enfrentar múltiples dificultades, Nadal siempre ha encontrado la forma de regresar, de resistir, de “aguantar”. Pero ha hecho mucho más que eso, también. Con 17 años de carrera y prácticamente haberlo conseguido todo, la pasión Nadal por el deporte continúa intacta y su figura es símbolo de inspiración.

Como los superhéroes de las historietas que defienden al mundo y brindan seguridad a la humanidad, Rafael Nadal ha defendido, a capa y espada, los valores que su tío Toni le enseñó: “Sé humilde”, “Busca siempre mejorar”, “Ayuda a los demás”, “Gana siempre con corrección” y “Lograrás todo lo que te propongas si te esfuerzas lo suficiente”.

Y es que, fuera de las canchas y lejos de los reflectores, Rafael Nadal, hoy de 33 años, sigue siendo el joven que disfrutaba pasar una tarde en casa junto a su familia en su natal Mallorca. Una persona que disfruta las cosas simples de la vida como caminar en la playa, jugar videojuegos, un partido de futbol o ir de pesca con sus amigos.
Sin embargo, Nadal también es un agradecido por todo lo que el tenis le ha brindado y sabedor de que su imagen es gigantesca y admirada, ayuda a la sociedad a través de su Fundación, participa en obras de caridad, invita a sus compañeros de profesión a unirse a causas de buena voluntad y fomenta el deporte que tanto le ha dado a través de su Academia y entrenando a las nuevas generaciones del tenis español.

El 13 de octubre de 2018, un mes después de haber disputado su último partido de la temporada en las semifinales del US Open, el mejor deportista español de la historia dio una nueva lección de humildad. Sin avisar a nadie y con el único ánimo de colaborar, se puso botas y ayudó en las labores de limpieza luego de que fuertes inundaciones afectaran a la zona de Sant Llorenc, en Mallorca. Sin necesidad de ofrecer declaraciones o entrevistas para decir “Aquí estoy”, el mundo entero nuevamente aplaudió su gesto.

Nadal es extraordinario incluso en la sencillez. En tiempos difíciles, él se elevará muy por encima de la vanidad que abunda en este mundo para acudir al rescate. Porque él es así, porque se siente uno más, porque es ajeno a la artificialidad y la riqueza espontánea.

Cuando Rafa Nadal sea presentado en los libros de historia, habrá que destacar, además de sus extraordinarias habilidades con la raqueta, sus valores inquebrantables. Habrá que describirlo ante las siguientes generaciones como un ejemplo a seguir. Habrá que definirlo como lo que es: un humano que aguantó hasta el final y que con el tiempo se hizo un auténtico superhéroe.

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